Cómo la evitación termina generando más estrés

Hay personas que huyen sistemáticamente del conflicto y la dificultad. Y no necesariamente porque sean cobardes, o porque no sepan defenderse, o porque carezcan de carácter.

A veces, simplemente, han aprendido que estar bien significa evitar lo incómodo, lo difícil o conflictivo, y cualquier cosa que anticipe un posible problema.

Evitan una conversación incómoda. Dejan para mañana una tarea que les genera rechazo. No expresan algo que les ha molestado para no crear tensión. Posponen una decisión difícil. Restan importancia a aquello que les preocupa. Se dicen que «no merece la pena», que «ya se solucionará», que «es mejor dejarlo estar».

Y durante un rato les funciona.

La tensión disminuye. Recuperan cierta sensación de calma. El problema parece alejarse.

Pero solo parece.

Porque lo que evitamos no desaparece. Y, con frecuencia, aquello que intentamos apartar de nuestra conciencia termina creciendo en segundo plano.

Cuando evitar se convierte en un patrón

Cuando una determinada forma de responder al malestar nos proporciona alivio, tendemos a repetirla. Y, con el tiempo, puede convertirse en una respuesta automática que apenas cuestionamos.

El problema aparece cuando esta forma de funcionar empieza a tener un coste mayor que el alivio que proporciona.

En el ámbito profesional, la evitación puede afectar directamente al rendimiento: decisiones que se posponen, tareas difíciles que se acumulan, conversaciones necesarias que no se abordan o problemas que se hacen más grandes por no afrontarlos a tiempo.

También puede afectar a las relaciones, cuando evitar el conflicto nos lleva a no expresar lo que necesitamos, acumular frustración o resentimiento y mantener una apariencia de armonía que no siempre refleja lo que está ocurriendo.

Y, finalmente, puede repercutir en nuestro bienestar, porque aquello que intentamos evitar continúa presente y puede acabar generando más tensión y estrés.

Lo paradójico es que una estrategia que nació para reducir el malestar inmediato puede terminar generando un malestar mayor a medio plazo.

Por eso, la cuestión no es si evitamos —todos lo hacemos en algún momento—, sino hasta qué punto podemos elegir conscientemente cómo responder a aquello que nos incomoda o si la evitación se ha convertido en nuestra respuesta automática.

El ciclo de la evitación


Imagina que tienes que hacer algo que te genera incomodidad.

Una conversación pendiente. Una decisión que llevas tiempo posponiendo. Una tarea que no te apetece afrontar. Un proyecto que te parece demasiado exigente.

Aparece la incomodidad.

Y, en lugar de afrontarla, decides dejarlo para más adelante.

«Mañana lo haré con más calma.»

«Ahora no es un buen momento.»

«Primero voy a terminar otras cosas y después me pongo con esto.»

Así comienza la procrastinación.

Durante un rato, incluso puedes sentir cierto alivio. Has conseguido apartar aquello que te incomodaba. Pero el problema sigue ahí. Y cuanto más tiempo pasa, más presente se hace la sensación de que deberías estar afrontándolo.

Aparece entonces el estrés.

Empiezas a pensar en lo que tienes pendiente. Te preocupa no llegar a tiempo. Te reprochas no haberlo hecho antes. La tarea parece cada vez más pesada y la incomodidad aumenta.

Y es precisamente entonces cuando puede aparecer de nuevo la evitación.

Buscas cualquier cosa que te permita desconectar de esa sensación: te distraes, revisas el móvil, te ocupas de otras tareas, buscas una justificación para no hacerlo todavía o simplemente intentas no pensar demasiado en ello.

Durante un momento vuelves a sentir cierto alivio.

Pero aquello que estás evitando sigue esperando.

Y tarde o temprano vuelve a aparecer la incomodidad.

Así se cierra el círculo:

Incomodidad → procrastinación → estrés → evitación → incomodidad.

Lo que comenzó como un intento de sentirnos mejor termina alimentando precisamente aquello de lo que tratábamos de escapar.

Y cuanto más se repite el ciclo, más fácil resulta volver a recorrerlo la próxima vez.

¿Y qué ocurre en las relaciones?

Este mismo ciclo puede aparecer en nuestras relaciones.

Imagina que alguien hace algo que te molesta. Lo notas y sientes incomodidad. Sabes que probablemente deberías hablarlo, pero decides dejar la conversación para otro momento.

Ahí comienza la procrastinación: «Ya se lo diré cuando esté más tranquilo», «ahora no es el momento» o «seguro que la próxima vez no vuelve a pasar».

Al principio puedes sentir cierto alivio. Has evitado una conversación incómoda. Pero el asunto no ha desaparecido. Sigues pensando en ello, empiezas a darle vueltas, te preguntas por qué ha ocurrido o qué pasará si vuelve a suceder. La tensión aumenta y aparece el estrés.

Y entonces puede entrar en juego la evitación.

En lugar de afrontar lo que ocurre, quizá minimizas lo sucedido, te convences de que «no merece la pena», cambias de tema cuando surge o empiezas a mantener cierta distancia para no volver a sentir esa incomodidad.

Pero la situación sigue sin resolverse.

Y cuando la persona vuelve a hacer algo parecido —o incluso cuando simplemente recuerdas lo que ocurrió— reaparece la incomodidad.

Con el tiempo, lo que quizá comenzó como un pequeño conflicto puede convertirse en frustración, resentimiento o distancia emocional. No porque no exista una solución, sino porque cada intento de evitar el malestar ha impedido afrontar aquello que lo estaba generando.

¿Es que acaso siempre tengo que abordar el conflicto?

Si te estás preguntando esto, es un pregunta legítima, y quizás esta sea una de las distinciones más importantes.

No se trata de buscar el conflicto.

Ni de expresar todo lo que sentimos en cada momento.

Ni de convertir cualquier incomodidad en un problema que haya que resolver.

La capacidad de elegir nuestras batallas, mantener la calma y no reaccionar impulsivamente es una fortaleza.

La cuestión es otra:

¿Estoy eligiendo no entrar en esto porque realmente no merece mi energía o porque no sé cómo estar con la incomodidad que me provoca?

La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia completamente la perspectiva.

Una cosa es decidir conscientemente no actuar.

Otra muy distinta es necesitar evitar para poder sentirnos bien.

Porque el objetivo no debería ser construir una vida en la que nunca aparezca el malestar.

Eso no es posible.

El conflicto, la incertidumbre, la frustración, el miedo, la decepción y el dolor forman parte de la experiencia humana.

El verdadero aprendizaje consiste en desarrollar la capacidad de estar presentes ante aquello que nos incomoda sin necesitar escapar inmediatamente de ello.

Del patrón automático a la capacidad de elegir

Reconocer este patrón no significa etiquetarnos como «evitadores». Son respuestas aprendidas que pueden activarse de forma automática ante determinadas situaciones.

Y si son patrones aprendidos, también podemos aprender nuevas formas de responder.

Ese es, en buena medida, el propósito del entrenamiento mental: desarrollar la capacidad de reconocer nuestros patrones de pensamiento y comportamiento, regular la respuesta ante el estrés y recuperar un mayor margen de elección.

En el Instituto de Mental Fitness trabajamos estas capacidades desde diferentes formatos, adaptados a las necesidades de cada persona y organización: procesos de coaching, formaciones y programas de Mental Fitness para profesionales y equipos.

El objetivo no es conseguir que dejemos de sentir incomodidad, estrés o incertidumbre. Tampoco convertirnos en personas que afrontan todo constantemente.

Se trata de algo más útil: poder reconocer lo que nos está pasando, comprender nuestros patrones y elegir cómo queremos responder en lugar de reaccionar automáticamente desde ellos.

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